viernes, octubre 26, 2007

El rey de la casa

Había empezado a sentir un extraño y a la vez gratificante placer al ver como me iba deteriorando. Pasaba horas mirándome al espejo. Casi podía adivinar la próxima caries. Las pupilas, como puntas de alfileres, orbitaban en un fondo entre rojo y ocre y miraban fijamente el temblor irregular de los músculos de la cara.
No se cuánto tiempo llevaba sin salir de esa casa. Había alcanzado un punto en el que todas las necesidades eran superfluas. Todas menos una.
Fuí desarrollando una dependencia casi obsesiva. Necesitaba desesperadamente su saliva, a veces incluso sus lágrimas o cualquiera de sus fluidos.
Estaba enamorado de ella. Necesitaba tenerla cerca de mi, notar como se me nublaba la vista cuando me tocaba. Casi podía sentir su presencia en mi cabeza, como algo físico. Una rara posesión a medio camino entre la adicción y la sumisión.
Las correas de cuero que me unían al radiador se estaban aflojando. Echaba de menos el hormigueo que antes me producía la falta de circulación de la sangre. Deseaba mas que nunca que ella las volviese ajustar, sentir de nuevo sus uñas en mi piel.
Debí dormir un par de horas. Desperté con el sonido de dos voces en la cocina. Su risa era inconfundible, pero también se escuchaba otra mas grave, desconocida para mi.
Con alguna dificultad me incorporé en el lavabo. En el espejo se adivinaba una imagen cada vez mas nítida. Ví su espalda desnuda retorciéndose contra el cristal de la puerta. Sentí perfectamente su respiración entrecortada y los gemidos de él. Me excitó ver como disfrutaba con otro.
El cristal de la puerta terminó por romperse. Ahora tenía una buena visión de los dos. Me fijé en sus ojos. Pude ver claramente cómo dos lagrimas caían por su mejilla y cómo una lengua extraña se paseaba por sus pómulos. Comencé a sentirme mal. Vomité.
Lo último que pude adivinar antes de perder el conocimiento, fue su saliva cayendo directamente en la boca de él.
Les odié con toda mi alma.
No se cuanto tiempo estuve inconsciente. Seguramente varias horas. Ya había pasado antes. Tenía la boca seca y no recordaba nada. Después de un tiempo de desconcierto volvió a mi mente la última imagen que vi antes de desvanecer.
Vomité de nuevo.
De pronto presté atención. Un ruido familiar, un jadeo seguido de golpes secos y un retumbar de la pared. Como pude y a pesar de mi debilidad, me incorporé sobre el lavabo. Con la mejilla, limpié el espejo empañado y pude verle sobre la alfombra del pasillo.
Fijé la vista en sus tobillos, sangrando amarrados a la columna. Una pequeña mesa improvisada con un cajón de fruta me impedía ver su cara.
A duras penas pude enfocar la vista. Ahora podía ver su cara. Le miré a los ojos tremendamente desorbitados. Me miraban como pidiéndome perdón. Entre confundidos y resignados. Me fijé entonces en su boca. Un hilillo de sangre caía desde la comisura de sus labios.
Creo que sonreí. De nuevo volvía a ser el rey de la casa.

1 comentario:

Pilar Baobab dijo...

Emocionante. Como el resto de los escritos que me han enganchado uno tras otro. Esta es mi primera visita a tu blog de unas cuantas por llegar, seguro. Espero que la emoción continúe. Enhorabuena!