viernes, diciembre 15, 2006

frio


Aquella mañana, Jota se despertó pronto. No tenía que estar en Valencia hasta las cinco de la tarde pero tampoco tenía nada que hacer en Madrid. Cargó despacio las cosas en la moto y emprendió el viaje.
Se movía con rapidez entre los abundantes coches que empezaban sus vacaciones el mismo día que él. Se detuvo en Belinchón para echar gasolina y para ponerse algo de abrigo, era el quince de agosto más frío que recordaba.
Rápidamente iba dejando atrás anodinas poblaciones de carretera y superando interminables filas de coches cargados de bultos y bicicletas de montaña en sus techos. De cuando en cuando se cruzaba con algún motero al que saludaba ritualmente, algo que siempre le pareció un poco ridículo.
Mientras conducía miraba los girasoles y las vides que crecían a los lados de la carretera. Los imaginaba como espectadores de sus viajes y testigos de las barbaridades que los coches-bulto hacían en su peregrinación anual a Denia, Cullera o Alicante.
Recordó por un instante lo diferente que era el ánimo con el que emprendió un viaje parecido, el año anterior. Se sentía especialmente jodido, como si le hubieran arrancado el alma, hasta tal punto de que un mismo viaje, una misma carretera y una temperatura similar, parecieran un año después totalmente distintos.

El motor de la Norton Commando pedía nuevamente gasolina. Motilla del Palancar, prácticamente la mitad del camino. Adoraba esa moto, no paraba de darle problemas de carburación, pero nunca le partiría el corazón.
Jota tenía una irrefrenable tendencia a compadecerse de sí mismo y era incapaz de dejar de pensar en Ana.
Jota y Ana habían vivido juntos una temporada. La cosa hacía tiempo que se había acabado.
Hablaban a menudo por teléfono, se veían con frecuencia y seguían siendo amigos, aunque la monumental bronca que habían tenido la noche anterior, no lo demostrase.
Jota no sabía si seguía o no colgado de Ana, estaba confundido y tal vez algo defraudado, pero Ana era su debilidad y siempre haría cualquier cosa por ella.
Llegando a Requena, paró a comer algo.
El bar Hermanos Delgado estaba lleno de humo de fritanga y de obesos camioneros que le miraron cuando entró por la puerta. Jota parecía un personaje sacado de "el salvaje". Tenía cierto aire a un Marlon Brando escuchimizado y con el pelo largo, y un atuendo propio de la película, cazadora cruzada de cuero y pañuelo al cuello. Pidió un pincho de tortilla y una caña. Miró el teléfono de reojo. Por un instante pensó en llamar, pero ¡qué coño! para qué enterarse de nada.
Jota sentía una fascinación, casi científica, por las mujeres. Siempre decía que eran tan imprevisibles como los gatos. Que pasaban facilmente del ronroneo al arañazo. Pero lo que más asombraba a Jota era la capacidad que tenían para moverse en circunstancias distintas con infinidad de recursos. Y para manejar el cotarro sin que se notase quién llevaba el volante.
La tortilla estaba seca y la cerveza no muy fría, pagó y salió a la carretera.
Jota se estaba anudando el pañuelo al cuello cuando un Mercedes cuatrocientos cincuenta aparcó junto a la Norton. Dos niños bajaron del coche y se quedaron mirándole,
-"vamos, no molestéis"-. La voz que salía del coche era tremendamente familiar para Jota. La puerta se abrió.
Pero antes de que nadie pudiera bajarse del mercedes, la Norton estaba ya enfilando el último tramo hacia Valencia.
La terminal del puerto estaba vacía. Las taquillas de Transmediterránea no abrían hasta las cuatro. Jota tenía bastante tiempo hasta la hora del embarque. Caminó por el barrio del puerto. Compró un periódico y se sentó en la terraza de un bar cercano.
-"Señorito, ¿quieres que te lea la mano?"- una gitanilla de unos quince años sacó a Jota de su lectura.
-"Si me dices sólo cosas buenas"- contestó.
Unos expresivos ojos negros se clavaron en la mano izquierda de Jota. El rostro de la gitanilla cambió de expresión, soltó asustada la mano y se perdió entre los coches aparcados. Jota se sintió inquieto. Verdaderamente no le hacia ninguna gracia lo que acababa de ocurrir. Intentó olvidarlo.
El fast ferry se ponía en movimiento. Era la primera vez que Jota iba en un rápido. Estaba totalmente sorprendido de la velocidad con la que se desplazaba. A las ocho estaría en
Ibiza, con el tiempo justo de embarcarse hacia Formentera.
Dejó su asiento y se acercó al bar. Cuatro italianos jugaban a las cartas en una de las mesitas del fondo. De los altavoces del barco salía un casi irreconocible Elvis a volumen ambiental. Jota pidio una botella de agua y se sento juntó al ventanal..............

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