lunes, octubre 23, 2006

New York New York


El trayecto desde el aeropuerto en Newark a Manhattanno ha sido todo lo excitante que pensaba. La autopista setenta y ocho ofrece algo parecido a lo que hemos dejado en casa. Pero a medida que nos acercamos, el imponente sky line de la ciudad te dejaba boquiabierto. La primera sensación es como haberse metido en una película. Cada rincón parece conocido, cada plaza, los taxis, los polis, incluso la gente que recorre las calles. Los edificios son enormes, algunos de colores imposibles. Y ese cielo violeta plagado de nubes aceleradas que recorren los espacios que dejan los rascacielos. El tráfico no es tan denso como cabría pensar, así que no hemos tardado demasiado en llegar al hotel. El Saint Moritz on the Park es un viejo edificio de treinta plantas, situado al norte de Manhattan. A medio camino entre la quinta y la sexta avenida, y justo a los pies de la parte sur de Central Park. Exactamente en el número cincuenta de Central Park South. Muy cerca del Plaza y justo en frente de la parada de coches de caballos. Un lobby enmoquetado y bullicioso nos ha dado la bienvenida. Los empleados uniformados acarrean con rapidez los carritos llenos de maletas, y gente abrigada entra y sale constantemente. Detrás del mostrador un tal Mr.García nos ha formalizado la reserva. El ascensor art decó, recorre en un santiamén los diecisiete pisos. Salimos Alf. y yo, M. y A. estan un piso mas arriba. Después de recorrer un largo pasillo como sacado del Halcón Maltés llegamos a la habitación setecientos veitidos. No es para tirar cohetes, pero no esta mal, y sobre todo ofrece una espléndida vista del parque, practicamente en su totalidad. Deben ser alrededor de las cuatro de la tarde y aun no hemos comido, así que quedamos abajo para disponernos a patear por vez primera la ciudad. Hace frío y llovizna agua nieve. Los árboles de la calle estan adornados de minúsculas lucecillas de navidad y la gente anda acelerada en la tarde final del año. Caminamos embobados mirando a todas partes. De los rascacielos a las nubes de vapor que salen de rejillas y alcantarillas. De cuando en cuando un indigente te reclamaba compartir el cambio con él. Hemos decididos entrar en el Harley Davidson Cafe, una paletada digna de cuatro despistados en la ciudad de los rascacielos. Es el típico café temático que te puedes encontrar en cualquier lugar del mundo. En la barra miran atentos una enorme pantalla de televisión donde estan poniendo fútbol americano. Nos hemos sentado en la zona de fumadores y pedimos algo así como hamburguesas, aros de cebolla y cosas por el estilo, lo típico. Cuando salimos de allí es ya totalmente de noche, esto unido al cambio de horario nos aumenta el aire de zombies que se nos esta poniendo. Caminamos mirando escaparates, luminosos, taxis y gente. Hemos decidido acercarnos al Empire State Building. Los iconos son importantes pero mas si estas en Nueva York. Así que en poco tiempo estamos esperando una larga cola en el impresionante y laberíntico sótano del edificio. Depués de tiempo de espera, rodeados de marmol y decoracion art decó tan abundante en la ciudad, llegamos a las taquillas. El encargado de expender los tickets nos desa feliz año nuevo y nos indica el camino del ascensor. El observatorio esta en el piso ochenta y seis. Lo primero que me viene a la mente al salir al la terraza es esa película en la que Cary Grant espera a que aparezca Deborah Kerr, pero no lo hace. La vista es increible, a pesar de ser de noche. Miramos por los prismáticos de monedas y hacemos todo lo que un buen turista hace en el edificio por el que trepó King Kong antes de ser acribillado. El edificio Chrysler se ve magnífico iluminado. Y el resto de la ciudad es como un bosque petrificado plagado de ventanas tintineantes. Las ráfagas de viento azotan el mirador y nos hacen daño en las mejillas. Aun así estamos bastante tiempo pegados a las rejas de unos dos metros que protegen la terraza. Cuando regresamos a la calle, el cansancio se esta haciendo mas patente. Decidimos volver al hotel caminando. Una vez en la habitación estamos charlando y fumando hasta que el sueño se hace insuperable. Cuando M. y A. suben a su habitación, Alf. lleva ya un buen rato durmiendo. Al poco rato caigo yo. Un ensordecedor ruido me ha despertado. Miro el reloj, son justamente las doce de la noche. Del parque salen fuegos artificiales y se escuchan los claxon de los coches. Me asomo un rato al ventanal, pero enseguida estoy de nuevo en la cama. Me siento agotado.