miércoles, noviembre 22, 2006

Vacaciones en Roma


Cogí el autobús hasta el Testaccio y bajé en la parada de Pirámide. Era aún muy temprano pero el calor de agosto se dejaba notar con los primeros rayos de sol.
En la estación de metro no había casi nadie. Pregunté en un italiano rudimentario que tren debía coger para ir a la playa y el taquillero me indicó un andén en el que descansaba un destartalado convoy con las puertas abiertas de par en par.
Debía tomar la línea Ostia-Lido y bajarme en la última parada de Cristoforo Colombo.
Era pronto y hasta las nueve no salía, así que me senté en la escalinata de la entrada a ojear los apuntes y dibujos que había hecho el día anterior.
Desde allí se observaba perfectamente la pirámide Cestia que daba nombre al sitio. Muy estilizada, servía de sepultura a un tal Caio Celsio, que la había mandado construir casi dos mil años antes. Estaba en perfecto estado y se erguía casi pegada a las antiguas murallas aurelianas de la ciudad.
A las nueve menos diez monté en el tren. Mi vagón estaba totalmente vacío. Algo sucio, con las paredes metálicas abolladas y los asientos duros, un poco incómodos. El andén seguía practicamente desierto ese lunes en el que el calor prometía batir un nuevo record.
Justo antes de cerrarse las puertas y emprender la marcha,
un nuevo viajero entró al vagón. Estábamos solos.
He de reconocer que la situación me intranquilizó un tanto. El tipo que acababa de entrar tenía tatuajes hasta en el culo, fijo.
Era mas bien bajo, pero fibroso y malencarado. Me miró de arriba abajo y se acercó a mi, y con un tono desagradable me dijo que el sitio en el que me sentaba era el suyo. Entendí perfectamente su italiano a pesar de mi
desconocimiento y de el aire que se escapaba entre esos dientes tan separados .
Me levanté algo asustado, el individuo me cogió de la camiseta y me preguntó si era alemán. Tedesco dijo. Contesté balbuceando, que era español y me habló en mi idioma. Su cara se relajó y me indicó que me sentara enfrente de él.
Yo llevaba todo el dinero que me quedaba encima y aún me sentía apocado. Le dije que me habían robado la maleta y que me quedaba lo suficiente para pasar el día, y que esa la noche intentaría colarme en algún tren en Termini y regresar a España como pudiera. No era muy verosimil pero parece que coló.
El me habló de que había estado trabajando en Colombia y que no me preocupara, que me veia algo agobiado. Uf como para no estarlo.
Me confesó que pensaba que era alemán y que me iba a robar, pero que los españoles le caían muy bien. Esto no me tranquilizó lo mas mínimo. Evidentemente era un elemento de cuidado. Continuó hablando sin parar todo el trayecto. No entendía todo lo que decía, pero me pareció escuchar que trabajó en una plataforma de petróleo o algo así.
Cuando llegamos a la última parada, bajamos. Intenté despedirme y alejarme lo antes posible pero el tipo me "invitó" a que le acompañara en su día de playa.
Algo que pareció mas una orden que una invitación.
Cogimos un autobús, dejando detras la zona de pago, con sus parcelas de mar acotadas y nos dirigimos a las dunas de Castelporziano.
Allí todo era mas parecido al tipo de costa que conocía. Chiringuitos y playas gratuitas. Llegamos a uno de aquellos bares a pie de la arena y me invitó a un vaso de vino blanco.
En la orilla, delante de nosotros se estaban instalando un grupo de travestis que saludaron a mi acompañante gritando algo que no entendí. Estábamos en una zona en la que toda la gente que había me parecían putas o travestis.
Yo estaba bastante incómodo. Nos sentamos en una de las mesas de metal y Adrianito, que así se llamaba mi "amigo", se lió un porro. Me ofreció y le dije que no fumaba. Me contestó ofreciendome otra cosa.
El tío llevaba de todo en su bolsa de cuero. Imaginé que era un camello y que pasaba tema al variopinto grupo de bañistas de esa parte de la playa, y no me equivoqué.
Me dió un dosificador, que imaginé tendría coca, y practicamente me sentí obligado a meterme un tiro. Le siguieron unos cuantos mas, allí debajo del chamizo de brezo.
Mi idea de pasar el día en la playa, bañándome y tomando el sol había cambiado cualitativamente.
No pude acercarme al agua ni un momento. Varias lumis se sentaron con nosotros.
Comimos todos juntos, ensalada, pasta con algo parecido al pisto y miles de cervezas.
Adrianito bebía fernet-branca y liaba canutos con una mano mientras metía la otra a una peliroja de grandes tetas. Yo estaba totalmente puesto y reía descontrolado con las cosas que me decía la mía, una reteñida rubia de constitución fuerte que me recordaba a Silvana Mangano.

Realmente no entendía nada de lo que me susurraba al oido, pero la situación era graciosa como poco.
Ayer estaba visitando el Vaticano y hoy estaba con dos putas y un delincuente tatuado pasando un día de playa atípico.
El día siguió por los mismos derroteros. Adrianito quedó con las putas en Roma y se despidió de ellas, yo sonreía como un bobo mientras sorbía un vaso de grappa.
No se muy bien cómo, pero empecé a encontrarme mas o menos lúcido en el tren de regreso. Del autobús de la playa a la estación de tren no recordaba nada.
Adrianito me dió una tarjeta y me dijo que le llamase si finalmente decidía quedarme en Roma o bien no podía salir de allí. Le pidió de muy mala manera un bolígrafo a una señora que se sentaba a nuestro lado y apunto un número en ella.
Era una tarjeta comercial de un local por el barrio de la estación, según rezaba el plano impreso en la parte de atrás. Cuando llegamos a Roma salí escopetado. Me despedí de él y corrí arrastrando la mochila.
Cogí un taxi.
Camino de la Garbatella y con un cebollón importante, pensé en los días que me quedaban en la ciudad y en procurar no encontrarme a Adrianito. No había estado mal pero no tenía ganas de repetir.